«Regocíjate, oh estéril».
«Regocíjate, oh estéril».
Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová. Isaías 54:1
Aunque hemos dado algunos frutos para Cristo y tenemos una jubilosa esperanza de que somos «la planta que plantó [su] diestra» (Sal. 80:15), sin embargo, hay ocasiones cuando nos sentimos muy estériles.
La oración no tiene vida, el amor se ha enfriado, la fe es débil y cada uno de los dones del jardín de nuestro corazón se agota y cae a tierra.
Somos como las flores bajo el ardiente sol, que requieren el refrigerio de la lluvia. En tal situación,
¿qué debemos hacer?
El texto nos habla a nosotros, a quienes precisamente nos hallamos en ese estado: «Regocíjate, oh estéril […] levanta canción y da voces de júbilo».
No obstante, ¿acerca de qué puedo yo cantar? No me es posible referirme al presente, y aun el pasado aparece lleno de esterilidad. ¡Ah, pero puedo cantar de Jesucristo! Puedo hablar de las visitas que el Redentor me hizo en tiempos pasados; y si no logro exaltar el gran amor con que él amó a su pueblo cuando vino desde lo alto para redimirlo, iré de nuevo a la cruz.
Ven, alma mía, muy cargada estabas tú en otro tiempo, pero aquí dejaste tu carga. Ve otra vez al Calvario. Quizá aquella misma cruz que te dio vida, te pueda otorgar fertilidad.
¿Qué es mi esterilidad? Es la plataforma donde se manifiesta el poder de Dios para producir frutos.
¿Qué es mi desolación? Es el engaste para el zafiro de su amor eterno. Iré con mi pobreza, con mi debilidad y con toda mi vergüenza y mis caídas, y le diré a Dios que aún soy su hijo. Confiado en la fidelidad de su corazón, hasta yo, el estéril, levantaré canción y daré voces de júbilo.
Canta, oh creyente, porque el canto alegra tu corazón y el de otros afligidos. Sigue cantando, pues, ahora que te sientes realmente avergonzado de tu esterilidad: pronto serás fructífero; ahora que Dios te ha hecho aborrecer la falta de fruto: pronto te cubrirá de racimos. La experiencia de nuestra esterilidad es penosa, pero las manifestaciones del Señor resultan placenteras.
Un sentido de nuestra propia pobreza nos lleva a Cristo; y allí es donde debemos estar, pues nuestro fruto está en él.
Regocíjate, oh estéril, la que no daba a luz; levanta canción y da voces de júbilo, la que nunca estuvo de parto; porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová. Isaías 54:1
Aunque hemos dado algunos frutos para Cristo y tenemos una jubilosa esperanza de que somos «la planta que plantó [su] diestra» (Sal. 80:15), sin embargo, hay ocasiones cuando nos sentimos muy estériles.
La oración no tiene vida, el amor se ha enfriado, la fe es débil y cada uno de los dones del jardín de nuestro corazón se agota y cae a tierra.
Somos como las flores bajo el ardiente sol, que requieren el refrigerio de la lluvia. En tal situación,
¿qué debemos hacer?
El texto nos habla a nosotros, a quienes precisamente nos hallamos en ese estado: «Regocíjate, oh estéril […] levanta canción y da voces de júbilo».
No obstante, ¿acerca de qué puedo yo cantar? No me es posible referirme al presente, y aun el pasado aparece lleno de esterilidad. ¡Ah, pero puedo cantar de Jesucristo! Puedo hablar de las visitas que el Redentor me hizo en tiempos pasados; y si no logro exaltar el gran amor con que él amó a su pueblo cuando vino desde lo alto para redimirlo, iré de nuevo a la cruz.
Ven, alma mía, muy cargada estabas tú en otro tiempo, pero aquí dejaste tu carga. Ve otra vez al Calvario. Quizá aquella misma cruz que te dio vida, te pueda otorgar fertilidad.
¿Qué es mi esterilidad? Es la plataforma donde se manifiesta el poder de Dios para producir frutos.
¿Qué es mi desolación? Es el engaste para el zafiro de su amor eterno. Iré con mi pobreza, con mi debilidad y con toda mi vergüenza y mis caídas, y le diré a Dios que aún soy su hijo. Confiado en la fidelidad de su corazón, hasta yo, el estéril, levantaré canción y daré voces de júbilo.
Canta, oh creyente, porque el canto alegra tu corazón y el de otros afligidos. Sigue cantando, pues, ahora que te sientes realmente avergonzado de tu esterilidad: pronto serás fructífero; ahora que Dios te ha hecho aborrecer la falta de fruto: pronto te cubrirá de racimos. La experiencia de nuestra esterilidad es penosa, pero las manifestaciones del Señor resultan placenteras.
Un sentido de nuestra propia pobreza nos lleva a Cristo; y allí es donde debemos estar, pues nuestro fruto está en él.
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