Sanidad divina
Sanidad Divina
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” – Isaías 53:5
Una de las anécdotas bíblicas más conocidas sobre sanidad es la **curación del paralítico de Betesda**, relatada en el Evangelio de Juan (Juan 5:1-9).
Este milagro no solo muestra el poder de Jesús para sanar, sino también su compasión por aquellos que sufren y su capacidad para transformar vidas en un instante. Además, destaca la importancia de la fe y la obediencia, ya que el hombre creyó en las palabras de Jesús y actuó en consecuencia.
Dios desea que vivamos en plenitud, tanto en el alma como en el cuerpo. Jesús, en la cruz, no solo llevó nuestras culpas, sino también nuestras enfermedades. Su sacrificio nos abrió el camino a la sanidad divina.
En medio del dolor, el cansancio o la enfermedad, podemos acercarnos con fe a nuestro Padre celestial. Él sigue siendo nuestro Sanador. No importa el diagnóstico, la medicina final está en sus manos. Nuestra confianza no está solo en los tratamientos, sino en el poder sobrenatural de Dios, que sigue obrando milagros hoy.
Para pensar.
Si estás atravesando una enfermedad, proclama la sanidad en Cristo. Medita en su Palabra, ora con fe y declara que Dios tiene el control. Si conoces a alguien enfermo, llámalo, ora por él y recuérdale que Dios es su sanador.
No dejes de creer: Dios tiene el poder de hacer lo imposible.
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” – Isaías 53:5
Una de las anécdotas bíblicas más conocidas sobre sanidad es la **curación del paralítico de Betesda**, relatada en el Evangelio de Juan (Juan 5:1-9).
Este milagro no solo muestra el poder de Jesús para sanar, sino también su compasión por aquellos que sufren y su capacidad para transformar vidas en un instante. Además, destaca la importancia de la fe y la obediencia, ya que el hombre creyó en las palabras de Jesús y actuó en consecuencia.
Dios desea que vivamos en plenitud, tanto en el alma como en el cuerpo. Jesús, en la cruz, no solo llevó nuestras culpas, sino también nuestras enfermedades. Su sacrificio nos abrió el camino a la sanidad divina.
En medio del dolor, el cansancio o la enfermedad, podemos acercarnos con fe a nuestro Padre celestial. Él sigue siendo nuestro Sanador. No importa el diagnóstico, la medicina final está en sus manos. Nuestra confianza no está solo en los tratamientos, sino en el poder sobrenatural de Dios, que sigue obrando milagros hoy.
Para pensar.
Si estás atravesando una enfermedad, proclama la sanidad en Cristo. Medita en su Palabra, ora con fe y declara que Dios tiene el control. Si conoces a alguien enfermo, llámalo, ora por él y recuérdale que Dios es su sanador.
No dejes de creer: Dios tiene el poder de hacer lo imposible.
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