El Dios que espera
El Dios que espera
Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios justo; bienaventurados todos los que confían en él. ISAÍAS 30:18
Este versículo se ha convertido en uno de mis favoritos, y con frecuencia ha sido una fuente de ánimo para mí cuando he tenido dificultades. La Biblia al Día expresa el versículo en esta manera: “Por eso el Señor los espera, para tenerles piedad; por eso se levanta para mostrarles compasión. Porque el Señor es un Dios de justicia. ¡Dichosos todos los que en él esperan!”. Pensemos en la implicación de la promesa. El Señor nos espera. A medida que pienso en esa promesa, mi mente queda asombrada. El Creador del universo y el Dador de toda la vida ha decidido esperarnos; nos espera a que recobremos el sentido, nos espera a que respondamos a su amor, nos espera a que recurramos a Él por ayuda.
Ese es un pensamiento que me deja perplejo. Dios quiere mostrarnos amor.
Probablemente tanto como en cualquier otro aspecto, Satanás procura edificar una fortaleza mental justo allí. Cuando contemplamos el amor de Dios por nosotros, muchos no podemos recibirlo. Solo podemos pensar en nuestros fracasos, en nuestras fallas y en docenas de otras razones por las que Dios no debería amarnos.
Eso me recuerda a un hombre bondadoso que he conocido durante muchos años. Un día se encargó de una situación por mí sin tener por qué hacerlo. Quedé sorprendida y profundamente conmovida.
—Usted es probablemente el hombre más amable que conozco—le dije, y se me quedó mirando en choque.
—¿Yo? ¿Amable? No, si yo puedo ser mezquino y cruel—dijo; y durante varios minutos me explicó que él no podría ser un hombre bondadoso—. Yo vivo conmigo todo el tiempo, y veo todos mis defectos.
—Probablemente ese sea el problema—le dije—. Usted puede ver sus defectos con tanta claridad, que no puede ver sus cualidades bondadosas y compasivas. Usted descuenta todas esas cosas.
Nunca pudo aceptar ser bondadoso o amable. También usé la palabra gentil y eso también lo sorprendió.
Probablemente así es con muchos del pueblo de Dios. Estamos tan absortos con nuestros fracasos y con las cosas malas que vemos en nosotros mismos, que es difícil de creer que Dios nos quiere bendecir. Si leyéramos: “Dios quiere castigarlo”, no tendríamos problema para decir: “Sí, eso es lo que me merezco”.
¿Pero cómo responderíamos si alguien nos dijera: “Dios quiere bendecirlo”? Probablemente diríamos: “No me lo merezco”.
¿Cuántos de nosotros creemos tener derecho a las bendiciones de Dios? Queremos las cosas buenas. Queremos que Dios nos ame, nos aliente, nos bendiga y nos dé la victoria, pero decir que merecemos las bendiciones podría ser más de lo que estamos dispuestos a aceptar.
¿Por qué batallamos con el concepto de merecer?
Nuestra tendencia es pensar que tenemos que hacer algo para ganarnos las bendiciones…que tenemos que ser lo suficientemente buenos o suficientemente fieles. Perdemos de vista el punto del poderoso y generoso amor de Dios. Nuestras bendiciones de Dios no son resultado de nuestra bondad. Son el resultado de la bondad de Dios.
Tenemos derecho a las bendiciones de Dios solamente por una razón: porque somos sus hijos. Es así de simple. Los que somos padres podemos comprender ese concepto con respecto a nuestros hijos. Los trajimos al mundo y se merecen nuestro amor. Les damos libremente nuestro amor antes de que hagan algo bueno o malo. Se merecen nuestra protección y todas las cosas buenas que decidimos darles. No se merecen esas cosas porque hayan hecho algo para ganárselas, sino simplemente porque son nuestros hijos.
A Satanás le encanta hacernos tropezar con esto. Tan pronto pensamos que es nuestro derecho ser bendecidos, señala nuestras debilidades o nuestros fracasos. Dios señala nuestra relación con Él. Esa es la diferencia.
Oración
Generoso y amoroso Dios, gracias por estar dispuesto a bendecirme. Aunque el diablo trata de hacerme sentir que no lo merezco, por favor recuérdame que soy tu hijo y que tú eres mi Padre. Mi relación contigo me hace merecedor, y gracias por eso en el nombre de Jesucristo. Amén.
Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios justo; bienaventurados todos los que confían en él. ISAÍAS 30:18
Este versículo se ha convertido en uno de mis favoritos, y con frecuencia ha sido una fuente de ánimo para mí cuando he tenido dificultades. La Biblia al Día expresa el versículo en esta manera: “Por eso el Señor los espera, para tenerles piedad; por eso se levanta para mostrarles compasión. Porque el Señor es un Dios de justicia. ¡Dichosos todos los que en él esperan!”. Pensemos en la implicación de la promesa. El Señor nos espera. A medida que pienso en esa promesa, mi mente queda asombrada. El Creador del universo y el Dador de toda la vida ha decidido esperarnos; nos espera a que recobremos el sentido, nos espera a que respondamos a su amor, nos espera a que recurramos a Él por ayuda.
Ese es un pensamiento que me deja perplejo. Dios quiere mostrarnos amor.
Probablemente tanto como en cualquier otro aspecto, Satanás procura edificar una fortaleza mental justo allí. Cuando contemplamos el amor de Dios por nosotros, muchos no podemos recibirlo. Solo podemos pensar en nuestros fracasos, en nuestras fallas y en docenas de otras razones por las que Dios no debería amarnos.
Eso me recuerda a un hombre bondadoso que he conocido durante muchos años. Un día se encargó de una situación por mí sin tener por qué hacerlo. Quedé sorprendida y profundamente conmovida.
—Usted es probablemente el hombre más amable que conozco—le dije, y se me quedó mirando en choque.
—¿Yo? ¿Amable? No, si yo puedo ser mezquino y cruel—dijo; y durante varios minutos me explicó que él no podría ser un hombre bondadoso—. Yo vivo conmigo todo el tiempo, y veo todos mis defectos.
—Probablemente ese sea el problema—le dije—. Usted puede ver sus defectos con tanta claridad, que no puede ver sus cualidades bondadosas y compasivas. Usted descuenta todas esas cosas.
Nunca pudo aceptar ser bondadoso o amable. También usé la palabra gentil y eso también lo sorprendió.
Probablemente así es con muchos del pueblo de Dios. Estamos tan absortos con nuestros fracasos y con las cosas malas que vemos en nosotros mismos, que es difícil de creer que Dios nos quiere bendecir. Si leyéramos: “Dios quiere castigarlo”, no tendríamos problema para decir: “Sí, eso es lo que me merezco”.
¿Pero cómo responderíamos si alguien nos dijera: “Dios quiere bendecirlo”? Probablemente diríamos: “No me lo merezco”.
¿Cuántos de nosotros creemos tener derecho a las bendiciones de Dios? Queremos las cosas buenas. Queremos que Dios nos ame, nos aliente, nos bendiga y nos dé la victoria, pero decir que merecemos las bendiciones podría ser más de lo que estamos dispuestos a aceptar.
¿Por qué batallamos con el concepto de merecer?
Nuestra tendencia es pensar que tenemos que hacer algo para ganarnos las bendiciones…que tenemos que ser lo suficientemente buenos o suficientemente fieles. Perdemos de vista el punto del poderoso y generoso amor de Dios. Nuestras bendiciones de Dios no son resultado de nuestra bondad. Son el resultado de la bondad de Dios.
Tenemos derecho a las bendiciones de Dios solamente por una razón: porque somos sus hijos. Es así de simple. Los que somos padres podemos comprender ese concepto con respecto a nuestros hijos. Los trajimos al mundo y se merecen nuestro amor. Les damos libremente nuestro amor antes de que hagan algo bueno o malo. Se merecen nuestra protección y todas las cosas buenas que decidimos darles. No se merecen esas cosas porque hayan hecho algo para ganárselas, sino simplemente porque son nuestros hijos.
A Satanás le encanta hacernos tropezar con esto. Tan pronto pensamos que es nuestro derecho ser bendecidos, señala nuestras debilidades o nuestros fracasos. Dios señala nuestra relación con Él. Esa es la diferencia.
Oración
Generoso y amoroso Dios, gracias por estar dispuesto a bendecirme. Aunque el diablo trata de hacerme sentir que no lo merezco, por favor recuérdame que soy tu hijo y que tú eres mi Padre. Mi relación contigo me hace merecedor, y gracias por eso en el nombre de Jesucristo. Amén.

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